Recuerdos de una casa
Hoy, que por fin tengo un tiempo libre, pedí papel y una lapicera… y aquí estoy. No suelo escribir nada, nunca llevé un diario; sin embargo, tanto ha pasado por mi mente en dos días, que no pude resistir la compulsión de ponerlo por escrito. (No creo que vuelva a ocurrir; ya tengo muchos defectos como para agregarle a ellos el de ser un escritor.) Comienzo.
Ayer regresé al pueblo en el que crecí. Nada menos que diez años transcurrieron desde que me fui a vivir a la capital; las razones no vienen al caso, pues son materia para otro texto. Todo un aluvión de sensaciones se precipitó sobre mí tan pronto como descendí por la escalera del avión; entre ellos, una idea repentina, la sombra de un recuerdo que surcó mi mente tan rápido, que no pude asirla, y que se perdió en la visión de los cerros arrebujados en su manta vegetal, en la alfombra de un verde luminoso a sus pies, en el cielo azul, apenas maculado de nubecillas hacia el oeste.
Me esperaba todavía un viaje de dos horas en auto hasta el pueblo. La ruta, impecable, subía y bajaba por las cuestas, serpenteando por el valle, siempre cerca del río. Por momentos éste desaparecía de escena, para luego reaparecer —a veces a la izquierda, otras, a la derecha—, lento, bañando las piedras del lecho y saltando sobre ellas; en sus aguas plateadas el sol no se cansaba de cabrillear. Me maravillaban las montañas cubiertas de frondosa vegetación, el río ancho y apacible, y la ruta pletórica de curvas y recodos. E igual las casas de adobe esparcidas a ambos lados del camino, y las escuelitas pintadas de blanco, levantadas por manos diligentes y anónimas; las mismas que habían tendido, asfaltado y señalizado la ruta que recorría a toda velocidad.
No me enteré que entramos al pueblo hasta que un letrero nuevo, desconocido por mí, me lo mostró. Resultaba que hay un nuevo acceso; entre éste y el viejo ahora se extiende un barrio entero. Al internarme en el pueblo, no reconocí las fachadas, las casas de dos plantas, las calles más largas, o nuevas. Sentí una extrañeza con un regusto dulce, a nostalgia: el pueblo era el mismo y, a la vez, otro.
Y es que en el centro, con sus callecitas de piedra, la iglesia, la plaza, rodeada en sus cuatro costados por puestos de artesanías, el edificio de la municipalidad con su icónico reloj, todo lo encontré como lo había dejado. Tampoco había cambiado en modo alguno la gente, con sus rasgos, sus ponchos de colores, sus sombreros bajo el sol de verano, sus conversaciones casuales en la calle, en el mercado. Y, de fondo, voces joviales, timbres de bicicletas, la música de guitarras, charangos, tambores. Todo rezumaba la alegría y la tradición de siempre. Todo me era familiar, aunque me hubiera olvidado de sus detalles. Era como las fotos que el tiempo cubre de polvo, que emborrona, amarillea y aja.
El auto se alejó, envolviéndome en una nube de polvo. El renovado rosa pálido de la pared y las ventanas mantenían a raya al tiempo. Cuando se apagó el ruido de los neumáticos raspando la áspera tierra, pasé a oír el trajín de varias personas al otro lado de la puerta. Golpeé.
Mis padres me recibieron como a un verdadero hijo pródigo. La alegría inundó sus ojos tiernos y cansados. Incluso mi abuela, tan severa, no le fue indiferente a mi llegada. A mi abuelo, por el contrario, tuve que visitarlo en el cementerio esta mañana. Después de la comida mi primo pasó a saludar. Ese primo que a los nueve años me había enseñado a pescar ahora volvía del trabajo a su casa, donde lo esperaban su mujer y sus dos hijas. El resto del día lo pasé en la vieja casa. Y a cada momento me venía alguien a la mente. Pensaba en la vecina de «arribita», esa que había sido mi mejor amiga hasta el día en que partí, y de quien no había sabido nada desde entonces. ¿Estaría casada, tendría hijos también? ¿Seguiría viviendo en aquella casa al pie del cerro?
Además, la idea que mencioné antes me traía a su recuerdo… Tendríamos unos ocho años cuando ella me habló por primera vez de «la casa». Era un rumor del que todos nos enterábamos siendo niños. Saliendo del pueblo, a dos kilómetros por la ruta, se erigía una casa grande, en medio de un terreno. El sitio llevaba largo tiempo deshabitado; algo le había pasado a sus dueños y, desde entonces, nadie ya quiso poner un pie dentro.
No recuerdo haber creído alguna vez que aquella casa estuviera «encantada», como se afirmaba. De vez en cuando pasaba cerca de ahí, pero desde la banquina de la ruta apenas si se distinguía el techo de la casa y el cerco derruido, cubierto de maleza, medio tapados por dos álamos entre los cuales pasaba el sendero de acceso a la propiedad. Cada cierto tiempo alguien afirmaba haberse aventurado en la casa, sin lograr convencernos ni mucho menos presentar una evidencia indiscutible de ello. A lo sumo aceptábamos que los más osados habían llegado hasta el umbral o frente a las ventanas. No obstante, la actitud que teníamos la mayor parte del tiempo era la de un reverente respeto a lo desconocido: la casa era parte del entorno, y nadie se sentía con derecho de perturbarlo, o de privar nuestras vidas de lo que ese misterio encerraba. En cuanto a los supersticiosos, claro está, no tenían interés en tentar a la suerte.
Se necesitaba a un inconsciente —que no un valiente— que se atreviera a descorrer el velo. Y ese fui yo, sí.
Una tarde, creo que era domingo, me puse en marcha, ya no recuerdo por qué. Salí de casa y fui «arribita», donde mi amiga, para invitarla a acompañarme. Pero no había nadie en su casa (luego me dijo que estaban de visita en lo de un tío de ella). Decidí ir solo.
La calle de mi amiga desembocaba en la ruta justo antes del recodo que hace antes de salir del pueblo, y que tiene una pendiente. Subí ligero por la banquina polvorienta, pasé junto al letrero que desea buen viaje a los conductores, y pronto tuve frente a mí a los imponentes álamos, cuyas hojas susurraban al compás del viento. La maleza y la chatarra y otros desechos que el tiempo había arrojado detrás de la tranquera ocultaban el sendero que llevaba a la casa. Me colé por un hueco dejado por la tranquera desvencijada, con los goznes dislocados. Fui a parar a una nube de moscas; su zumbido se me hizo punto menos que insoportable. La fachada tenía un aire adusto y sombrío. Algún rastro persistía de la blancura de las persianas. Los maderos de la cerca estaban quebrados, podridos, muertos.
Con el corazón palpitante, la garganta seca, las manos trémulas, me aproximé a la puerta. Miré para todos lados para cerciorarme de que no hubiera testigos. Pegué una oreja a la madera descascarillada, pero sólo oí el aire entrando y saliendo de mis pulmones irregularmente. Una cadena con candado se enroscaba lánguidamente en el picaporte deslucido, mas los batientes estaban entreabiertos. Separándolos un poco más, me estreché entre ellos…
El vestíbulo estaba iluminado por un vago resplandor que provenía del patio y que resaltaba siluetas de objetos cuadrangulares: acaso baúles, muebles. Una araña rota pendía del techo. El aire estaba sembrado de partículas. A ambos lados esperaba avistar algunas habitaciones, pero una negrura desconcertó a mis ojos. Avancé rumbo al patio; el silencio se tragó mis pasos.
Afuera, los árboles y arbustos acaparaban la vista, la luz y el calor, por no mencionar el espacio. Lo que quedaba, pues, era un pasadizo sombrío y salvaje, saturado de una humedad fría y olorosa. Las aves graznaban a sus anchas, agitando una rama alta de tanto en tanto. Iba al par de la galería que circundaba el patio. Las columnas, cubiertas de musgo y de moho, sostenían el techo de la galería y enormes telarañas por igual. En el centro del patio yacían los restos de una gigantesca maceta despedazada; de sus entrañas abiertas nueva vida había germinado. A cada metro ganado la incertidumbre se acrecentaba, y con ella, mi miedo y mis ganas de dar media vuelta.
Pero muy pronto me di cuenta de que ya había llegado al fondo del patio. Una puerta que se diría leprosa se interponía entre algún aposento y yo, sin ayuda de candado o cadena alguna. Sí, parecía fácil trasponer esa barrera, pero en ese punto mis dudas no hicieron más que aumentar. ¿Y si lo que se encontraba al otro lado era algo terrible? ¿Y quién me mandaba a meterme en esa casa?
No me interesa negar que realmente estuve a punto de salir corriendo. Pero ya estaba ahí, y tal vez me arrepentiría si me echaba atrás en el último momento. De modo que así el picaporte y tiré de él. La puerta no se movió; la humedad la había hinchado. Con fuertes tirones la fui apartando de a poco; mi brazo pagó el precio de abrir ante mis ojos un espacio oscuro…
La luz del patio, tamizada como lo estaba por la vegetación, apenas pasó de la puerta. El olor a encierro y a moho era intenso, y lo que se metía en mis pulmones se sentía como el frío mismo. Entré en lo que parecía una salita; las formas que con el cerebro iba reconstruyendo me sugerían una silla volteada, una mesa... Entonces una línea anaranjada se dibujó en la oscuridad: la luz arrastrándose a través de una rendija. Olvidado de todo, fui hacia ella. Era muy claro de lo que se trataba: en la habitación contigua estaba encendida la luz. Pero ¿era posible? A tientas mi mano encontró la manija.
Un resplandor cálido me recibió, dejándome boquiabierto. Estaba en una habitación perfectamente amueblada, limpia e iluminada. El buen pasar de su dueño, por no decir opulencia, era evidente: muebles de caoba lustrados, una araña en el techo, una biblioteca llena de libros ocupando toda una pared, una escultura sobre el escritorio y un cubrecama grueso sobre el colchón, en vez de las mantas de lana típicas de por acá… Pero lo que más me sorprendió era la figura humana que, detrás del escritorio, de espaldas a mí, miraba por la ventana. Su traje marrón no desentonaba con el ambiente. Los débiles rayos azulados del exterior bañaban su rostro.
Di un paso, quizás dos, casi sin quitarle el ojo de encima. El velador con pantalla alumbraba los libros y papeles del escritorio. Una pluma descansaba sobre una hoja. Y cuando quise decir algo, carraspear para llamar la atención de la figura, sentí un temblor bajo mis pies y, en simultáneo, un ruido como de un traqueteo lejano. Involuntariamente volví los ojos hacia la puerta. Se oyó una detonación afuera —¡un disparo!—. La figura se dio vuelta; entonces lo vi con claridad: un hombre alto y enjuto, con chaleco y camisa bajo el saco; cabello peinado hacia atrás y un bigote prolijo y un poco despintado. Sin demora fue hacia la puerta, con los ojos como platos y la mandíbula colgando. En absoluto reparó en mí…
Seguí al hombre a través de la salita y salí al patio con él. ¡Y qué distinto ese patio con el que me encontré! El césped estaba cortado milimétricamente, pequeños arbustos y plantas tenían cada uno su sitio. Bancos de madera ofrecían cobijo bajo las ramas de dos árboles. En la lejanía llegaban a verse las siluetas de los cerros recortadas contra el cielo. Un estrépito y unos gritos agudos me detuvieron en seco. Varios hombres irrumpieron en el patio desde el vestíbulo y se lanzaron en todas direcciones. Desgreñados, sus ropas estaban llenas de remiendos y de agujeros; en sus ojos desorbitados centelleaban a un tiempo la locura y la ferocidad. Sus alaridos inarticulados rasgaban la quietud de la tarde. Algunos cargaban fusiles, otros blandían garrotes o machetes. Uno de ellos, sin detenerse, le dio un culatazo a una enorme maceta, que vaciló en su pedestal y terminó de romperse al caer. Una joven de vestido rosa y una mujer de delantal y con la cabeza envuelta en un pañuelo pasaron corriendo y chillando entre los árboles, perseguidas por uno de los invasores, y desaparecieron tras una columna. Un hombre de boina, chaleco y botas pasó junto a mí, con un atizador o algo así en la mano, al encuentro de uno de los asaltantes. El hombre de traje reaccionó —aunque todo esto pasó en pocos segundos— metiéndose a toda prisa en la habitación. No bien pasé a la salita tras de él, oí gritos, un disparo y un ruido seco, y más gritos.
En un rincón de la habitación, el hombre cargaba una escopeta con las manos trémulas. Entonces, dos de aquellos horribles invasores entraron de pronto y se abalanzaron sobre él. Una lucha desesperada siguió, entre los ecos de espantosos gritos de mujer, de golpes, de estallidos. Pero fue breve. Mientras tanto, yo había retrocedido a un rincón, desde el que observé acurrucado la desigual pelea y lo que le siguió. Los atacantes pasaron a destruir lo que tuvieran enfrente: arrojaron los objetos del escritorio, partieron una silla, incluso tiraron abajo la biblioteca con libros y todo. Los crujidos y estampidos afuera no cesaban. Por fin atiné a escabullirme, pero di de bruces con un tercer asaltante que justo entró. Sólo su rostro desencajado y su boca que echaba espumarajos eran de lo más pavoroso. El tipo asió su garrote con ambas manos y lo levantó por encima de su cabeza; yo cerré los ojos con fuerza y me cubrí con los brazos, o qué sé yo…
Y, después de un segundo, al no sentir que me hubieran descargado golpe alguno, abrí los ojos…
Todo en derredor estaba en penumbras y en silencio. El aire olía de nuevo a encierro y a humedad. Algo diminuto chisporroteó y se convirtió en una llamita que se movió lentamente y se posó en un pabilo. Detrás de la vela distinguí a la figura de traje y chaleco, pero la tenue luz insinuaba más que revelaba el semblante del hombre. Me acerqué a él y, no sin temor, contemplé las sombras que escondían sus ojos y que colgaban de su bigote y de sus mejillas flácidas, y que la llama temblorosa sacudía. Pasó acaso un minuto, en el que espié el resto de la habitación: parecía vacía.
—Cuida tu casa —dijo por fin el hombre, con una voz serena y clara—. No permitas que se la traguen las tinieblas.
Los viejos goznes chirriaron tímidamente. Giré la cabeza; no vi a nadie en la puerta. Y cuando me volví hacia el hombre, éste ya no estaba, y la vela ahora ardía en el alféizar de la ventana. Me retiré. Atravesé una vez más la salita y el patio, cuya atmósfera se me hizo sofocante, ligero de piernas. Ya sólo quería irme. Caía la tarde cuando me vi de regreso en la banquina, con la ropa mugrienta, los ojos húmedos y una opresión indescriptible en el pecho.
Desde luego, le relaté a mi amiga este suceso y, aunque al principio la consternación que había sentido me impedía hacer alarde de mi hazaña frente a los demás, con el tiempo mi horrible visión se fue diluyendo en el olvido, igual que una pesadilla, y pasé a ser uno de quienes afirmaban haber incursionado en la «casa encantada». Naturalmente, sólo mi amiga me creyó.
Pero, como dije antes, el tiempo pasa, las cosas se olvidan, van quedando sepultadas bajo capas y capas de experiencia, y a uno dejan de interesarle. Y no fue hasta ayer que comprendí las palabras del hombre, aun sin haberlas recordado explícitamente. Creo que en cierto sentido siempre lo supe, pero lo dejé olvidado cuando cambié de vida, y ahora que he regresado, me lo he vuelto a encontrar. O tal vez tuve que pasar diez años en la ciudad y ver las cosas que vi para comprenderlo. Que uno mismo es una casa, y que ésta es susceptible de ser infiltrada por bárbaros, por demonios, por lo que en sentido amplio denominamos «la oscuridad», si se quiere. Y que hay que cuidarla para que no se introduzcan en ella la corrupción, la muerte, la destrucción; para no sucumbir a la engañosa satisfacción de la violencia y el caos.
Pensando en estas cosas, hace un rato salí discretamente de la casa. El pueblo entero sesteaba. Doblé la esquina y subí por la empinada calle, y en un minuto ya estaba frente a la casa de «arribita». El perro que descansaba en el umbral se levantó y me ladró dos veces, sin especial ferocidad. No le hice caso, fija la vista como la tenía en las cortinas. Nadie de la casa salió. Me alejé sin más; llegué a la ruta, hice crujir las piedrecillas de la banquina, dejé atrás la curva y busqué con la mirada la salida del pueblo. Pero no la vi. A mi derecha, donde antes sólo había arbustos y yuyos, ahora se levantaban casas. Seguí adelante, y el nuevo barrio crecía y crecía delante de mis ojos; las últimas viviendas no habían sido terminadas. Después de un rato, llegué a la conclusión de que la casa ya no existía más que en recuerdos, de que la vida había seguido y de que no podía haber sido de otra manera.