Una pareja extraña
Si usted teme a la soledad, no se case.
Del cuaderno de notas de Chéjov
La amaba… Me parecía tan serena, tan honrada, tan inaccesible, tan incorruptible…
Turguéniev, Yákov Pásinkov
I
A Méndez lo conocí en un congreso científico que se celebró en la ciudad de R* el año pasado. Al principio me lo crucé un par de veces en los pasillos, sin prestarle atención. Más tarde ese día, lo volví a ver en el auditorio donde tuvieron lugar las disertaciones de la jornada. De hecho, él dio una de las charlas.
Ni siquiera al subir a la tarima, batida por los reflectores, él destacaba. Se le notaba a la legua su carácter tranquilo, apacible. Creo que todo él se podía resumir en una palabra: sobrio. Sí, eso era. Vestía con sencillez y pulcritud: una camisa blanca cuyo cuello asomaba fuera del buzo liso, pantalón de vestir y zapatillas, todo de colores discretos. Estaba peinado cuidadosamente y afeitado al ras. Hablaba en un tono suficiente, sin tener que levantar la voz, que tampoco le temblaba; no acompañaba sus explicaciones con gestos exagerados ni se quedaba clavado en el suelo como una estatua. Incluso tenía una estatura promedio y un tono de piel levemente matizado. Todo él era medianía, balance.
Su tema de estudio tenía puntos en común con el mío, y por ello me interesó su presentación más que las otras. Luego de las disertaciones, lo esperé en el pasillo. Al verlo venir, me sentí tentado a salirle al paso con un «Muy bueno el trabajo», palabras que por razones filosóficas nunca pronuncio. Finalmente, la costumbre prevaleció y llamé su atención con un: «Doctor, mucho gusto».
Sin darme cuenta, me había interpuesto en su camino hacia la mesita con el café.
La breve conversación que mantuvimos confirmó con creces la impresión que traía desde el auditorio, amén de que su tono amistoso no llegaba a aburrir ni a cansar. Se ahorraba los vocablos sofisticados; antes bien, elegía palabras sencillas y precisas. Mucho menos exhibía la agitación de quien necesita justificar su trabajo o de quien está «casado» con su proyecto. Era cálido sin ser agobiante. Finalmente, aquel hombre accesible y bonachón me invitó a seguir en contacto con él, e incluso a visitarlo a su lugar de trabajo.
Esa misma noche, los asistentes al congreso fuimos agasajados con una cena en un restaurante de la ciudad. Me abrí paso entre una muchedumbre para la que no parecía haber asiento; en un extremo del salón, cuando ya temía tener que elegir entre esperar que se desocupara una mesa o cenar en otro sitio, lo divisé. Él me vio al mismo tiempo y me hizo un gesto.
—Por favor, tráigase una silla —me dijo animadamente—. Hay lugar para uno más.
En efecto, la amabilidad de dos de los comensales me hizo un sitio en la mesa. Cuatro colegas acompañaban a Méndez. Pronto noté que aquéllos no lo conocían, y que habían caído todos en la misma mesa por casualidad, si se quiere. Y, luego de romper el hielo con aquéllos, también observé que Méndez pasaba completamente desapercibido. No terciaba en la conversación, ni se dirigían a él nuestros colegas. Sin embargo, cuando lo incluí en la charla, habló con toda naturalidad, como si le hubiera dado lo mismo participar que no en la conversación.
«Parece no tener ni pizca de orgullo», pensé, y no estaba equivocado.
Diríase que estaba al mismo tiempo en su mundo y en el nuestro, es decir, el de los demás, o que podía pasar de uno al otro instantáneamente, sin dificultad. Oía todo lo que decíamos con mucha atención, pero guardaba una cierta distancia, apacible y silenciosa. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que algo en su mano destellaba intermitentemente, aunque, a decir verdad, ya lo había medio visto en el auditorio. Era un anillo dorado.
«Claro —me dije—. Es un hombre feliz o, más que feliz, satisfecho. Está satisfecho de la vida y ya no necesita más.»
La conciencia de este hecho puso de relieve frente a mis propios ojos aquellas pequeñas cosas que me impiden estar satisfecho de la vida; no obstante, el vino con el que regamos la cena anegó cualquier otro pensamiento que pude haber tenido al respecto.
Mientras cada uno emprendía el regreso a su respectivo alojamiento, Méndez me reiteró su invitación. Ya sintiéndolo más cercano, me convencí de planificar un proyecto en el que pudiéramos trabajar codo a codo.
Pasó un tiempo, un par de meses. Con el ajetreo mental propio de nuestra ocupación —que se suma a la frenética vida que se lleva en la ciudad—, no visité a Méndez ni redacté un proyecto en el que colaborar con él. Tan sólo intercambiamos algunos correos electrónicos y hasta algún mensaje de texto. Y nada más.
Hasta que me volví a topar con él. Yo iba de salida del Instituto en el que trabajo; en el vestíbulo lo reconocí. Se marchaba, igual que yo, sólo que a su modo: sin prisa y sin distraerse.
—¡Doctor! ¿Cómo le va?
—¡Ah, pero es usted!
Debo decir que no solíamos tratarnos de usted; de hecho, inmediatamente de las palabras antes citadas pasamos a tutearnos.
—¿Qué andabas haciendo?
—Vine a una charla que dieron en el primer piso. Fulano me invitó, ¿lo conocés?
—Ah, sí, sí… ¿Y qué, tomamos una cerveza? ¿Tenés tiempo?
—Sí… —vaciló Méndez—, en realidad ya me iba a casa.
Apenas eran las cuatro de la tarde, y se lo dije.
—Es cierto, pero… me gusta volver a casa temprano.
Tras un breve mutis, añadió:
—¿Por qué no me acompañás vos a casa y tomamos algo allá?
—¡Por supuesto!
Un corto viaje en auto nos acercaría a la casa del doctor Méndez. Observando cómo la gente inundaba las veredas, se esquivaban los unos a los otros y cruzaban corriendo por la mitad de las cuadras, até cabos y eso me llevó a bromear inofensivamente con él:
—¿Tu mujer te hace quilombo si llegás después de cierta hora? Ja, ja…
—No, para nada —respondió, dibujando una sonrisa. Luego espió su reloj de pulsera y agregó: —A esta hora ya suele estar de vuelta ella también.
Le hice algunas preguntas típicas: que a qué se dedicaba ella, hacía cuánto estaban casados y hacía cuánto se conocían… A todo él respondía, de nuevo, con las palabras justas, ni lacónico ni verborrágico; y sin variar su entonación.
El viaje se pasó rápido pese a ser hora pico, y cuando me di cuenta estábamos en una calle estrecha y semidesierta. Nos apeamos del coche frente a una casa grande, de una planta, una de las pocas que sobrevivían sin cambios en aquel barrio plagado de edificios y de sus sombras. Entre la verja gris que delimitaba el frente del terreno y la casa se extendía un jardincito bien cuidado, de especies vegetales dispersas y variadas. Un rosal florecía tímidamente en un costado, y los alféizares de las ventanas estaban atiborrados de macetas. Un alegre graznido surcó el aire.
—Queremos comprar esta casa —me dijo, mientras abría la puerta de hierro—. Se la elegí para ella.
—Ah, bueno, tenés que estar muy enamorado —le dije, y lancé una inofensiva risita que él acompañó con una tímida sonrisa.
Durante los siete u ocho pasos con que atravesé el jardincito, me pregunté cómo sería aquella mujer que evidentemente mi anfitrión veneraba, y no hice esfuerzo alguno por imaginar ni esperar nada, que muy pronto la vería con mis propios ojos. Un gato me observaba atentamente desde detrás de una de las ventanas.
Por dentro la casa era elegante y… sobria, sin nada de esa vanidosa ostentación de ornamentos innecesarios. La luz del vestíbulo era tenue y cálida. Me recordó un poco a la casa en la que pasé mi infancia. Otro gato salió a nuestro encuentro; se nos puso delante y fijó en nosotros sus refulgentes ojos amarillos. No se inmutó cuando le acerqué una mano; sin embargo, reaccionó al saludo del doctor saliendo disparado.
—¿Cuántos gatos tienen? —pregunté, al tiempo que un tercer animal se asomaba desde detrás de una puerta.
—Tres.
Mi anfitrión me guio por el pasillo. El sonido de nuestros pasos se ahogó en el espesor de la mullida alfombra. Pasamos junto a la cocina; con el rabillo del ojo divisé la silueta del primer gato contra la ventana que daba al jardín. Me pregunté si en realidad el doctor y su mujer eran los inquilinos de la casa. El sutil aroma de la casa parecía insinuar esto.
Desembocamos en un salón espacioso y alargado, con una ventana al oeste; unas cortinas blancas tamizaban el resplandor de la tarde. De este lado, una mesita redonda con un sofá y dos sillones, y frente a ellos, un televisor apagado. Más allá, una biblioteca de modestas dimensiones atiborrada de coloridos y delgados volúmenes, y una mesa grande con cuatro sillas. Las paredes tenían un empapelado claro; nada colgaba de ellas.
El doctor avanzó despacio, acaso con inquietud.
Justo en ese momento alguien entró desde el costado, frenando en seco al advertir nuestra presencia. Su sorpresa se reflejó nítidamente en la forma en que sus ojillos redondos se clavaron primero en los del doctor, luego en los míos. Una mirada muy breve y penetrante, nada brusca o descortés. Con harto interés, capté en un segundo su aspecto: una mujer algo rellenita, con un pulóver rojo de lana que contradecía al calor de la tarde y que resaltaba la palidez de su piel y oscurecía su pelo castaño, que —según observé después— caía en forma de tirabuzón bajo el voluminoso broche. Tenía la nariz pequeña y puntiaguda y mejillas carnosas y coloreadas; labios delgados, de un rosa desvaído; barbilla en punta, casi sin mentón; su expresión era de la mayor seriedad. En las manos traía una taza humeante. Dos de los gatos se plantaron a sus pies y nos miraron con fijeza, casi acusadoramente.
—Ah —exclamó él—, Clau, éste es mi amigo, el doctor A*.
II
El profesor detuvo en seco la lectura y alzó la vista sobre el cuaderno en dirección a mí, cosa que apenas percibí, siendo que la vergüenza que me consumía me obligaba a mantener la vista baja. Aun así, mediante algunas miradas furtivas observé con espanto y horror el efecto que mi relato había producido hasta el momento en la clase: los ojos de todos se habían abalanzado sobre un pupitre de la parte delantera. Las mejillas de Claudia debieron estar, más que «coloreadas», «encendidas como brasas». La había descrito demasiado bien; a nadie se le debió haber escapado quién era la mujer rellenita, con el pelo de tirabuzón y el broche, la naricita puntiaguda… ¡y los gatos, los gatos! Y, como para que hasta el más despistado se diera cuenta, ¡le había puesto el mismo diminutivo! ¡Inaudito! ¿A qué clase de colegial se le podría ocurrir meter a una compañera de clase en un relato ambientado en el futuro?
Luego sentí que no pocas miradas llovieron sobre mí. No obstante, así y todo, creo que lo que más me perturbó entonces fue el silencio sepulcral que llenó el aula. Un silencio que no era tan solo el resultado de la interrupción de la lectura, sino que venía cargado de estupefacción, de mudas impresiones ajenas. ¡Qué incómodo silencio! Todavía hoy, al recordar aquel episodio, me parece oírlo a todo volumen. Y, detrás del silencio, de forma no menos insoportable, algunos susurros vibrando en el aire.
Pero más que nada temía que la aparición en el relato de la tal Clau hubiera traído frente a la clase la identidad detrás del doctor Méndez, ¡si estaba en esa misma aula!
—Bueno —dijo el profesor, y lanzó una mirada al curso, que detuvo significativamente en mí—, ¿continúo la lectura?
Sentí —y vuelvo a sentir ahora mismo— cómo mis ojos se encogían y se aplastaban contra sus órbitas, como queriendo metérseme dentro del cráneo, inmóvil con toda mi cara en un gesto deprecante; esa fue toda la respuesta que le di.
Pero la mayoría exclamó «¡Sí, sí!». ¡Chismosos, morbosos! Quieren ver cómo termina el cuento, ¿no?
El profesor no tuvo más remedio que proseguir. Y no lo hizo a regañadientes.
—Clau, éste es mi amigo, el doctor A*.
Y a mí me dijo:
—Mi querida esposa, Claudelina.
Le tendí la mano y le sonreí con calidez. Ella me clavó otra mirada fugaz.
—Hola —farfulló a media voz, y estrechó mi mano con negligencia.
—Lo invité a tomar el té —le explicó Méndez—, ¿está bien?
—Sí —repuso la tal Clau con indiferencia, y se apartó de nuestro lado. Llevó la taza a la mesa, siempre seguida por los gatos.
Me pregunté si estaba contrariada o si era fría por naturaleza, al tiempo que me desilusionaba por aquello de «tomar el té». De hecho, el doctor me preguntó:
—¿Querés un té? ¿O un café?
—Un café está bien.
—¿Quedó agua caliente? —preguntó el anfitrión a la dueña de casa, con una pizca de azúcar en la voz.
—Sí —dijo ella, sin mirarlo.
Y así se fueron mis ilusiones de remojar el gaznate.
Méndez salió por la abertura sin puerta por la que había entrado su mujer. Fui tras él; al otro lado del pasillo entreví una cama de una plaza en un dormitorio.
—Ya te lo traigo —me dijo, mientras dejaba su mochila en un rincón invisible.
No lo seguí hasta la cocina; honestamente, quería espiar la casa, amén de que la curiosidad acerca de la mujer de mi amigo permanecía insatisfecha. Debo añadir a esto que quería verificar que mi visita no le era gravosa. Me paseé despreocupadamente por la sala, repasé con la vista los lomos de los libros; Claudelina se sentó a la mesa, movió sus labios casi sin abrirlos y dio el primer sorbo al té. La miré de reojo; ella no reparaba en mí.
—Con el calor que hace afuera, creo que hoy está más bien para una cervecita —dije con una sonrisa.
Los hombros de Clau se estremecieron imperceptiblemente al tiempo que su boca se curvaba por un segundo.
—Yo no tomo alcohol. Me hace mal —repuso, sin quitar los ojos del pan que desmenuzaba sin miramientos.
—Eso es una pena.
Y algo más quise decir, pero justo entonces caí en la cuenta de que los dedos de Clau estaban repletos de anillos —plateados algunos, negros otros—. Se los vi en un dedo meñique, un par en un dedo medio, otro en un dedo índice… pero ninguno en el anular. Miré con indiferencia la piedra verde que ostentaba una mano, y la violeta en la otra, pues ¿no faltaba el anillo más importante?
Por lo pronto, no dije nada, pero sí me alentó la aparente no mala disposición de Clau hacia mí. Mi curiosidad acababa de aumentar.
«¿Será que él está casado con ella, pero ella no está casada con él?», se me ocurrió. (¿Y eso cómo hubiera sido?) «¿O alguien acá me está mintiendo?»
Méndez regresó con dos tazas y una cestita de bizcochitos, que depositó en la mesa antes de tomar asiento junto a su mujer. A pedido de él, me senté frente a ambos.
—Voy a tomar un tecito rojo —le dijo a su mujer.
Claudelina apenas lo miró de soslayo, luego a mí. Su dedo desnudo subió delante de mis ojos, y bajó al cabo de un generoso sorbo.
—Tengo que decir, qué casa más linda. Y es grande.
Méndez asintió, complacido, pero su mujer no se inmutó. Tan solo me echó un par de miradas muy de golpe y con ojos brillantes, igual que sus gatos. Por lo demás, ambos se me antojaron parecidos: mansos, prolijos, nada expansivos, un pie en su mundo interior y el otro en la realidad. En cuanto a mi café, ya al primer sorbo lo sentí extraño, con un regusto a caucho o a ropa sucia dejada en remojo que me hizo preguntarme si no había habido un error. Debió haberse traslucido tan trágica opinión en mi rostro, que Méndez dijo:
—¡Ah, no te traje azúcar! ¿Tomás el café con azúcar?
A punto estuve de negar por cortesía, pero sin azúcar no iba a terminar mi taza. Méndez fue a la cocina.
—¿No le ponen azúcar al té? —inquirí.
—No.
—¿Y al café?
—Yo no tomo café. Me hace mal.
—¿Y él…?
Justo entonces Méndez regresó; dijo que casi nunca tomaba café. Yo esperaba cambiar un par de frases más con Claudelina, pero ya había terminado ella su té y su pancito, e incluso se había levantado. Desapareció con los mininos tras la salida en el extremo de la sala; la taza y el platito tintinearon, y luego unos pasos ahogados sonaron a lo largo del pasillo. Una puerta lejana se cerró.
Méndez suspiró profundamente y alejó de sí su taza. Yo pensé en Claudelina. Quise creer que ella era una de esas mujeres que en público son frías con sus amados, pero sumamente cariñosas en la intimidad, a salvo de las miradas ajenas. No obstante, ni por un segundo lo creí posible. Es que eso no explicaba los codos de su esposo en la mesa, ni mucho menos el encogimiento de su cabeza caída. ¿Estaba ella enojada con él; había mi amigo cometido una falta? ¿O, por el contrario, la relación se había desgastado, y yo era involuntario testigo de su desesperante agonía? Pero si no llevaban tanto tiempo casados, o eso me había dicho Méndez. Lo cierto era que no quedaba mucho ya de aquel tipo atildado y en perfecto dominio de sí mismo. Ahora me miraba con ojos cansados, su pelo se había desordenado un poco, y le habían salido arrugas a su camisa.
—Yo siempre la amé —dijo entonces, quebrando aquel incómodo mutismo—. Desde que estábamos en la escuela, yo… no sé, siempre la amé. Nadie lo entendía, pero ¿a mí qué me importa? Durante un tiempo no dije nada, no sé si es que creía que se me iba a pasar o que ella no sentía nada por mí. ¡Pero nunca dejé de quererla! ¡Siempre la adoré! De todo he hecho por ella; ¿qué no he hecho por ella? ¿Y qué no hago…?
—¿Y entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Hay algún problema?
—No, no —repuso, vacilante; sus labios tremolaron, y dos surcos se formaron a ambos lados de su nariz—. Sé que, al principio, cuando éramos dos ingenuos colegiales, la veía como a un ser superior, incluso como a alguien inalcanzable, ¿entendés? Un ejemplo de cómo se debe ser, de madurez, de voluntad, de disciplina; un dechado… de algunas cosas. Porque, conforme la conocí más, pues nos hicimos amigos, deseché esas vanas ilusiones, esas fantasías juveniles, y la vi como lo que es: un ser humano, y la amo como tal. Una mujer… más o menos normal. Reconocí sus imperfecciones y me propuse complementarlas con lo más parecido a virtudes que tengo, y que ella hiciera lo mismo conmigo. También es cierto que no podía arrastrarme delante de ella, como un gusano, ni ser el tapete en que se limpie los borcegos. Ninguna relación puede prosperar si no hay un cierto grado de igualdad entre las partes, si no hay un mínimo de respeto. Porque ella no me iba a respetar si yo me desprendía por completo de mi dignidad. ¡Ella, que es la personificación de la dignidad humana!
—Y así es como terminaron casados.
—Sí, pero… ¿qué matrimonio es este? La conozco al dedillo, y quizás ella a mí; no: definitivamente ella a mí, pero vivimos en una y en dos casas distintas al mismo tiempo. No estaríamos más lejos viviendo en planetas separados. Quiero decir, hablamos, interactuamos todos los días como lo haría un matrimonio común y corriente, sólo que, ¿cómo explicarlo?, las cosas que me dice, no siento que me las diga a mí, y sí a una imagen de mí, o a algo que no soy yo. Y lo que yo hago o digo se disuelve en el aire… Y es que ella, ¡ella no me…!
—Bueno —lo atajé, en un intento de evitar que el asunto se pusiera luctuoso—, habría que ver… Quizás ella necesita tiempo para… no sé, acostumbrarse…
—Eh, de eso no tengo esperanza —suspiró—, cuando, en todo el tiempo que llevamos juntos —y bajó la voz— yo nunca la toqué…
Se cubrió medio rostro con una mano.
—Como sea —dije—, cada relación es un mundo… Por lo demás, después de todo, me parece que no te podés quejar de mucho: tenés una mujer, una casa, sos reconocido por tu trabajo, una amplia carrera en la ciencia… Desde el principio noté que sos un tipo feliz. ¿No sos feliz?
Dos ojos vidriosos, desorbitados, se clavaron en mí.
—Sí lo soy —respondió, y, aferrándose a las mangas de mi camisa, insistió—: Claro que soy feliz.
Un decidido empujón le sacó un débil chirrido a la portezuela gris de hierro. Méndez era de vuelta el tipo aplomado de siempre.
—Gracias por visitar nuestro humilde hogar. Y perdón si dije algo que no correspondía.
—Para nada. Fue un gusto. Adiós.
Me alejé y, al verlo parado en su jardincito idílico, al otro lado de la verja, haciendo un ademán de despedida, pensé en el Adán tras los barrotes del Edén que proponen ciertos herejes; los gatos no me vieron partir. Antes de doblar la esquina ya me preguntaba cómo era posible que aquellos dos hubieran terminado juntos. ¿Tenía la mujer un corazón de piedra? ¿Cómo se hace para conquistarlo (información de interés)? ¿Tenía un corazón, para empezar, o estaba vedado a los hombres? ¿Son todos los matrimonios iguales, o por qué me parece que éste es especial, que no es como los otros? A mi edad soy soltero —ni siquiera divorciado—, y todo lo que sé de las personas lo aprendí en los libros. De ahí que tenga gran dificultad para formular una hipótesis que me satisfaga. Quizás el tal Méndez hizo algo extraordinario para algo así como ganarse a su amada. O se la ganó, y la perdió poco después. Algún mérito habrá hecho, algo que no haya sido comprar a su mujer —convertido una deuda monetaria en una deuda de amor, por poner por caso—. O algo que no haya sido llevarla al altar bajo amenaza: la imagino lo suficientemente insensible para no inmutarse frente a un eventual suicidio de mi amigo, o para aceptar dócilmente la muerte si ésta debía ser la consecuencia de negarse a casarse. Quizás la respuesta era más simple: ella en el fondo lo despreciaba, o era dueña de una castidad inexpugnable, qué sé yo. Se lo había querido preguntar a Méndez, pero no había encontrado el momento ni la forma apropiada, y ahora ya era tarde.
III
El profesor me citó después de hora. Arrellanado en su asiento, con las manos juntas sobre el escritorio, los pulgares jugueteando, la cabeza un poco ladeada, me observaba impasiblemente. Yo me sentaba por primera vez en la vida en un pupitre de la primera fila. Y no estaba tan intimidado como inquieto.
—A ver —dijo por fin; en ocasiones como esta daba a su voz un acento de falsa pedantería, y esta es la mejor manera que encuentro para describirla.
Pero no supo cómo seguir.
Esto era algo como un «caso insólito»1Referencia al cuento de Vladímir Tendriakov «Un caso insólito»., por decirlo así.
—A ver, quiero entender cuál es el punto de su historia.
¿El punto de mi historia? El punto era que sólo usted lo leyera y no dijera nada, profe, no que lo leyera en voz alta a toda la clase.
Pero eso no se lo dije.
—O, empecemos por el principio, ¿esa historia la escribió usted?
—Sí.
—Porque está muy bien escrita para alguien de su edad. ¿Recibió ayuda de alguien?
—No, es todo original.
—Bueno. No dudo que haya podido escribir el relato en cuestión sin ayuda, pero… —Pareció recordar algo—. Porque hay algo muy importante, que es que, haya o no recibido ayuda, claramente ignoró la consigna: tenía que redactar un cuento sobre cómo sería su vida en el futuro. Y no paso por alto —añadió significativamente, tras una brevísima pausa—, las posibles referencias veladas a dos de sus compañeros.
Balbuceé algo incomprensible; creo que quise argüir que la narración sí pudo haber ocurrido en ese futuro lejano.
—¿Eh? En el cuento de ustedes no se menciona el año, ni nada que haga pensar que están en el futuro.
—Quizás el coche en que viajaron el narrador y su amigo… volaba.
Me puse rojo.
—No… —quise retractarme—. No puse que volaba porque en el futuro eso sería común y no haría falta mencionarlo.
En el Corán no hay camellos, lector.
El profesor se me quedó mirando. Mi rubor no disminuía más allá de un rosa intenso y cálido.
—De hecho… De hecho… Yo quise mostrar cómo van a ser las relaciones en el futuro; la degradación de la institución del matrimonio, reducido a un contrato. La soledad en el matrimonio… Un hombre débil que se somete a una fantasía suya, o, mejor dicho, a una teoría sobre la complementariedad, pero al que el «amor» convierte en un perrito —debí haber dicho «gusano» o «tapete»—; los estragos de la falta de personalidad; el amigo está soltero, y una mujer que… ah, yo pensé que…
No supe cómo continuar al notar, en una mano del profesor, un anillo dorado. No sé si inconscientemente había copiado aquel anillo para dárselo a Méndez, o si estoy inventando un recuerdo. Me faltó el aire.
—Está bien, creo que entiendo —dijo el profesor secamente; carraspeó y puso las manos bajo el escritorio—. La verdad es que debería mandarle a reescribir el cuento. Pero, dado que está muy bien escrito, y que no necesita muchas correcciones, voy a dárselo por aprobado.
Por dentro respiré, aliviado. Un pesado silencio se abrió a continuación entre nosotros, y que apenas se interrumpió cuando el profesor me dio permiso para retirarme. Cerré la puerta; al otro lado del vidrio, el profesor miraba por la ventana con aire meditabundo. No pude evitar observarlo; al cabo de un instante, se volvió hacia mí y dijo:
—Váyase.
Al salir del colegio, me topé con no pocos de mis compañeros, que se habían quedado en la vereda a charlar. En un segundo formaron corro en derredor de mí, riendo y soltando exclamaciones. «¡Qué bizarro tu cuento!», «¿Vos decís que se van a casar?», etcétera. Rovira, mi mejor amigo, me miraba con una sonrisa boba, torcida. Detrás de mis compañeros creí ver a Menéndez de perfil, observándome con el rabillo del ojo, y luego alejando indeciso su impecable camisa y su pelo peinado con raya al costado.
Al día siguiente sí me dirigió la palabra:
—No sé si tu propósito era burlarte de mí —dijo, sin pizca de animosidad—, pero, más allá de eso, tu historia me da… ilusiones. Sí, lo admito. Yo no creo que Claudia sea «inalcanzable»; en todo caso, tengo que encontrar ese «algo extraordinario» de tu cuento que me permita conquistarla. —Se llevó la mano al mentón y bajo la mirada. Entonces me preguntó—: ¿Se te ocurrió qué pudo haber sido?
Negué con la cabeza por toda respuesta, y me alejé.
Menéndez… ¿Sabías que Méndez estuvo a punto de llamarse Mendoza? Porque no se trata de vos.
Claudia, por su parte, nunca me dijo nada al respecto. Como si no hubiera notado nada peculiar en el cuento, ni oído los rumores en el aula. O como si le hubieran dado lo mismo. Por un tiempo, sin embargo, fue un tanto menos afable conmigo, como si hubiera albergado una transitoria sospecha de algo. ¿O había comprendido todo, incluso lo que no estaba escrito? Y yo también tuve miedo de hacer la más mínima alusión al tema, todo sea dicho. En todo caso, no puedo saberlo; quizás mi paranoia me insinuaba figuras donde sólo había incidentales manchas. Bueno, tampoco ella era muy accesible que digamos. Y por eso no puedo decir si ella había interpretado erróneamente mi intención de autor, igual que el profesor de Literatura, que Menéndez, que muchos otros compañeros…
Y ahora, antes de poner el punto final, déjenme dar una necesaria explicación. Quizás esto ya lo sepas, pero existe una satisfacción singular en plasmar las fantasías propias en el papel. Y, sin embargo, nadie que no lo haya hecho comprenderá realmente cómo se siente vivir en ese otro mundo donde todo es posible si es concebible por la mente de uno, por su logos. Por eso, con el valor que me da el saberme escudado en mi (¿relativo?) anonimato, me permito afirmar que el profesor y mis compañeros estaban equivocados en creer que yo había escrito sobre Menéndez y Claudia diez o quince años en el futuro. No: ¿por qué iba a fantasear con una relación ajena? ¡Méndez soy yo! (En cuanto a Menéndez, puede ser el narrador si quiere.) Y ahora dirás: «Pero ese Méndez en el fondo era patético en el cuento». Sí, ¿y qué? Mi fantasía era por sobre todas las cosas realista; no podía pintarme el futuro color de rosa si ello implicaba traicionar mi forma de ser; convertirme en otra persona en el cuento, alguien que fuera «una imagen de mí, algo que no soy yo». El cuento era mi reflejo en uno de esos espejos que muestran el futuro, sólo que un espejo de papel. Porque verás —y esto el doctor Méndez no llegó a explicarlo como se debe—, yo tenía una teoría. Sí, una teoría sobre la complementariedad. Yo era un desastre, un vago, un soñador; Claudia era todo lo contrario: aplicada, seria, cerrada, con los pies en la tierra. Y esa complementariedad nos hacía, en mi opinión, tal para cual. Una unión a través del amor debía equilibrar caracteres tan disímiles. Cuántas veces me le declaré de la forma más tranquila, elocuente y convincente posible (eso sí, siempre en la mente), demostrándole casi científicamente lo complementarios que éramos…
Sí, amé a Claudia siempre en silencio, en secreto, con miradas furtivas, los oídos aguzados todo el tiempo, las fosas nasales a la pesca de su aroma; con los sueños en ebullición, el eclipse de mi intelecto y la postración de mi futuro… Bah, librescamente; ¿para qué mentir?
En fin, que en ese espejo me miré, y escribí lo que vi para reírme de mí mismo, satirizar mis sentimientos con una dosis de masoquismo, más que nada porque en la desesperación a veces sólo nos queda reír.
1 Referencia al cuento de Vladímir Tendriakov «Un caso insólito». < <