El hombre que vio el futuro
A la vera del camino, un hombre esperaba el colectivo. Ni los perros se veían allí, en esa avenida que lindaba con un descampado, frente al cual unas construcciones descoloridas dispuestas en fila conservaban un aire a viviendas. Y qué decir de la estación de servicio de la esquina, al otro lado de la avenida, en diagonal al hombre, muerta, tiznada de hollín y de abandono, con herrumbrosas cicatrices en lo alto, donde otrora hubo un cartel. Apenas algunos maderos arrumbados junto a una pared se distinguían en un montículo informe de desperdicios. El techo de la estructura era lo único en todo el lugar que proyectaba una verdadera sombra en el pavimento. Y es que el sol traía puesto su traje de verano, como sucede con frecuencia en primavera, y miraba al hombre a través del agujero en el techo del refugio de la parada. «Este sol no quiere bajar», pensó él, respirando la resequedad de la hierba en el aire, buscando en vano una posición en la que la deforme sombra de los restos del refugio cubriera todo su cuerpo. No quedaba en la botellita más que un poco de un calor transparente y líquido. Y no quería el hombre cruzar la ancha avenida y refugiarse bajo el techo de la derruida estación de servicio pues, conociendo su mala suerte, el colectivo pasaría de largo a toda velocidad no bien él se pusiera a resguardo. «No, lo mejor es no tentar a la suerte, si ya va a venir, ya va a venir.» Y miraba a lo lejos, y lo que enfocaban sus ojos era siempre lo mismo: el punto gris del que surgía la avenida, incrustada en la línea del horizonte, que se deformaba por efecto del aire enardecido y fogoso. Ni una sola nube en el cielo, ni la agitación de una sola molécula del aire, como para provocar una brisa microscópica, ni el quejumbroso ronquido de un motor, ni el graznido de un pájaro acalorado… Sólo aparecía el bendito colectivo cuando él se lo imaginaba.
El hombre echó el enésimo vistazo a las misérrimas casuchas, a la hierba amarillenta del descampado, a la vereda caldeada, y se encogió de hombros. ¿Quién iba a querer andar por aquel paraje, olvidado por Dios y por el diablo? Volvió a posar la mirada en la lejanía.
Largamente se había propuesto explicaciones para la demora del vehículo: que si el chofer estaba de huelga, que si el colectivo había sufrido una avería o, peor, un accidente, que si imprevistamente había cambiado el recorrido… «Uno diría que el colectivo en algún momento tiene que tomar la avenida. Pero también es como si esta avenida se extendiera infinitamente. Como el tiempo. Y el futuro está ahí, a lo lejos, más allá de lo que podemos ver. Y ahora recuerdo que, según algunos, el tiempo brota desde el manantial de las potencialidades y viene hacia nosotros; no es que nosotros vayamos a él…
»Por lo cual, sólo habría que remontar ese flujo del tiempo para conocer el futuro.»
Y, quién sabe cómo ni por qué, en aquel rincón en los contornos de Bahía Blanca, el hombre vislumbró el futuro.
No lo supo él de buenas a primeras, pues empezó por cegarlo un fulgor intenso y breve, que le hizo creer que el sol se le había caído encima; inmediatamente después, algo negro y veloz surgió de todos lados, como si una mano gigante hubiera despedazado ese sol, y arrojado el planeta de repente dentro de las fauces de una bestia inconcebible y mitológica. Sumido en una negrura honda y ubicua comprendió finalmente lo que ocurría. «Bueno, quizás así tenga que ser —pensó el hombre, no sin pavor—, pero sigamos el rastro del tiempo.» Y con un sentido desconocido o, si se quiere, con los oídos del corazón, descubrió el manantial desde el que fluye el tiempo, muy distinto a ese tiempo resinoso y opaco (y falso) que venden en las ferias y en algún supermercado de dudosa honestidad. Y empezó a recorrer el «río de las horas» con la corriente, esto es, desde el futuro hacia el presente, y no al revés.
Entonces vio partículas deslustradas flotando en torno de sí. Vio reflejos dispersos e inciertos en la oscuridad, algunos de los cuales se concentraban y fijaban en puntos de luz, mientras que otros erraban a distancias increíbles. Vio estrellas muriéndose de frío. Vio a esas mismas estrellas cuajando en galaxias. Vio un fulgor dorado, tan pasajero como majestuoso. Vio ángeles surcando el vacío, moviendo frenéticamente los brazos. Vio la Tierra teñida de un rojo vivo, envuelta en llamas; el fuego —«el último lector de todos los libros»— rascando el cielo con sus llamaradas. Vio a un tipo hecho una piltrafa humana de pie sobre un montón de desechos, extendiendo un brazo esquelético hacia un incendio y carcajeando macabramente, con los dientes negros, engarzados en encías podridas. Vio una torre inmensa, sin cima, cayendo con sordo estrépito, como si hubiera estado hecha de madera. Vio un mar entenebrecido, inquieto y maloliente, y una lluviecita en el desierto. Vio a un encapuchado sermoneando a los ratones de la estancia La Casualidad. Vio un triángulo de cuatro lados. Vio las triquinas del sueño de Raskólnikov. Vio una ceremonia apoteósica en una catedral reconvertida en templo, presidida por un pope de sotana verde, y a un chupatintas apoltronado en su minúsculo estudio preguntándose por qué la sotana debía necesariamente ser verde. Vio a un perro pintado como una cebra. Vio a una mariposa enrollando las alas y metiéndose en su crisálida, y cerrándola herméticamente. Vio a un abuelo vendando los ojos a su nieto. Vio, bajo un cielo sereno, un mar de un azul profundo, como los ojos de algunas muchachas, una orilla rocosa y de pendiente suave, y un bosquecillo de pinos en lontananza. Vio mil pares de ojos en un espejo, y mil pares de espejos en un ojo. Vio una impresora 3D imprimiendo panfletos tridimensionales llenos de groserías. Vio a una vieja fea con una horrible verruga en la espalda, y en la espalda de esa verruga a una vieja aún más fea. Vio a un ebrio discutiendo a los gritos con una ramita de abeto. Vio un pez dibujado en un libro, en una sala en penumbras. Vio una pala picando orégano y una barba de cartón, y un misil del tamaño de un grillo, y más ruidoso que éste. Vio caras haciendo espantosas muecas, iluminadas por rojizas lumbraradas, moviéndose en círculo. Vio a un médico poniéndose un guante de látex al revés, en un hospital repleto de pacientes. Vio a un niño muy parecido a él acariciando a un gato. Vio una temblorosa sombra recostada en una cómoda derrengada, de la que se desenredaba la sombra de una mano sosteniendo una flor. Vio las ramas de los álamos meciéndose y susurrando bajo un cielo rebosante de estrellas. Vio el resplandor de la tarde subiendo por una escalera de granito hacia un séptimo piso, siguiendo las risas de despreocupados jóvenes. Vio un sobrecito de mayonesa olvidado adrede, y a alguien leyendo cuentos en Fictograma, y una pareja riñendo. Vio un sol céreo derritiéndose en colores tras arbóreas siluetas. Vio el arroz con estofado de mamá. Vio un sol blanco hasta la ceguera y, bajo sus rayos, un colectivo del infierno, lleno de pasajeros abochornados, sin más agua que la que tenían en la piel, salada y apestosa, con el motor caliente hasta lo indecible. Y vio a ese mismo colectivo retrocediendo a toda velocidad hasta detenerse un momento en la parada de la Avenida ***, allá, en Bahía Blanca.
Porque ¡ya era hora, ya era hora! «Y ¿viste? Ya iba a venir, ¡yo sabía que tenía que venir!»