Los exhumanos
Un espacio interminable —el infinito abrazando a la tierra—, recibía las miradas inquietas de siete seres de diferentes especies. Un resplandor lejano infundía un naranja apoteósico, terminal, a aquel cielo sembrado de puntos rutilantes como diamantes, más profundo cuanto más se fijaran en él los órganos visuales de los seres que, convertidos en figuras opacas por efecto de la luz indirecta, estaban reunidos a la intemperie. El suelo desnudo que los sostenía exhalaba un aliento cálido.
El ser de tegumento azulado (un «rayazuliano», en terminología terrestre), se volvió a la derecha:
—Es su turno… terrícola, ¿no?
—Entiendo que prefieren ser llamados «humanos» —terció un oftactiano, especie cuyos sentidos de la vista y el tacto eran uno solo y que, por lo tanto, percibía el entorno a otro nivel.
—Sí —dijo el «terrícola»—, pero yo… soy un exhumano.
Las miradas se concentraron en el semblante resignado del hombre. Éste apenas se alegró de haber encontrado el pie para su historia.
—¿Quiere contarnos qué es eso de ser un «exhumano»? —inquirió el rayazuliano.
El hombre echó un nuevo vistazo al cielo —los demás lo imitaron— mientras escogía las palabras con que iniciaría su relato.
—Ya no hay humanos en la Tierra. Víctimas de su dualidad intrínseca, exacerbadas además por lo que llamamos «el Proceso», se separaron hace tiempo en suprahumanos e infrahumanos. En tiempos hubo amos y esclavos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, videntes y ciegos. Pero cuando «el Proceso» llevó la diferencia de poder entre una y otra parte al infinito, surgieron el suprahumano y el infrahumano. No obstante, como la arquitectura de nuestra realidad se basa en estructuras trinitarias, no tardó en surgir de entre ambos una tercera categoría.
»Que en la Tierra se logró la virtual inmortalidad es bien sabido. Pero quizás no que se logró un individuo que no necesitaba dormir. Yo soy un resultado de ese logro. Qué se proponía obtener: muy sencillo, un individuo que estuviera activo las veinticuatro horas del día, a quien no pudiera vencer la somnolencia, tan inoportuna a veces, ¡incluso fatal!; alguien inmune a tan enigmática debilidad. Y, por encima de todo, anotarse un triunfo aplastante sobre la caprichosa y malvada Naturaleza (¡otro más!), corregir otro de sus errores, hacer la evolución por medio de la voluntad.
»Cómo se logró no es un misterio: la ingeniería genética, con los indispensables aportes de la epigenética y la metagenética, se sirvió de lo conocido acerca de la relación entre las funciones del organismo y el sueño. Y, si bien se hicieron simulaciones bioinformáticas del efecto de las modificaciones genéticas-epigenéticas-metagenéticas en un modelo antes de sintetizar una sola molécula de ADN, la obtención del organismo recombinante todavía llevó innumerables ediciones del genoma, incontables gestaciones fallidas, desarrollos inviables… En fin, que hubo que alterar prácticamente todas las funciones biológicas y su relación con la mente para que el organismo no se fatigara ni enloqueciera por la falta de sueño; dichas funciones se hicieron más eficientes, y el cuerpo, más resistente a ellas. Mencionaré como ejemplos una corteza cerebral más desarrollada, terminaciones nerviosas menos sensibles, y, gracias a la biología sintética y a la bioingeniería, músculos y otros tejidos híbridos, formados por nuevos tipos celulares y materiales inorgánicos. Todo con el fin de permitir la reparación y el mantenimiento del organismo durante la vigilia, estando en reposo.
»Así es como crecí, aunque no tengo recuerdos de mis primeros años. Tuve un tutor suprahumano, quien, aparte de instalar módulos educativos en mi mente, siguió de cerca mi desarrollo, según me contó luego. Incluso me llevó una temporada a visitar ciudades, lo que me permitió observar de cerca a los infrahumanos. Y fue allí que me enteré de algo que me resultó harto extraño: que ellos, lo mismo que los suprahumanos, pueden soñar. Ya de por sí los infrahumanos viven en un sueño, del cual se desconectan para ir a dormir, y eso no siempre. Pero, cuando duermen, crean, por así decirlo, una realidad paralela por sus propios medios. Mi tutor me explicó lo que los sueños son, aquel mundo inconsciente y fantástico del que hablaban las pasadas eras de la humanidad y que se proyectaba en dispositivos culturales llamados «textos», «imágenes»… «arte», en una palabra, si no entiendo mal. Y esa carencia de sueños, más que todas las ediciones de mi genoma, que la ingenierización de mi cuerpo, que el balance entre atrofia e hipertrofia de mi conciencia, es lo que me hace un exhumano.
»Porque hasta el último de los infrahumanos, antes de que su vida se extinga en la podredumbre que lo rodea tiene sueños. Y, en cuanto a los suprahumanos, pueden grabarlos, y verlos cuando se despiertan.
»Pero este asunto despertó las suspicacias del mismo «Proceso». Al darse cuenta de que había individuos que seguían despiertos mientras los suprahumanos dormían, y que, además, tenían un organismo mucho mejor adaptado a las rispideces de la conciencia y de la materia que ellos, vio un peligro, y ordenó la eliminación de todos los «exhumanos» antes de que pretendiéramos escapar a su control. Esto fue lo más fácil de todo: desde que existe el control de la mente, se puede inducir a distancia pensamientos suicidas a individuos seleccionados. Con eso se ahorran recursos y no se mancha uno las manos. En fin, que los «no-durmientes» fueron barridos de un plumazo. En cuanto a mí, si no morí fue por la intervención de mi tutor, miembro de cierto linaje, quien me sugirió huir en una nave para integrarme al personal de la embajada terrestre en este planeta.
—No hay una embajada de la Tierra aquí —observó el rayazuliano.
—Exacto. Pero yo no lo supe hasta que me lo dijo él —y se volvió hacia una figura humana que reposaba boca arriba sobre una gran roca lisa, a unos metros del grupo.
—¿Quién es?
—Venía en la nave. Un suprahumano. La tripulación nos dejó aquí y rápido pegó la vuelta; un aterrizaje clandestino… bah, no importa. Y así es como nos encontramos… en este planeta condenado.
—Nunca mejor dicho —dijo uno de los seres, pese a que no tenía boca—. De esta no nos salvan ni los pleyadianos.
El rayazuliano se puso de pie y se acercó al segundo terrícola. Notó que tenía la cabeza ligeramente ladeada y los ojos fijos en algún rincón del cielo; su pecho subía y bajaba irregularmente. No acusaba recibo de la curiosidad ajena.
—La Tierra es aquella de allá —le dijo el rayazuliano, señalando uno de los puntos de luz.
—Ah —suspiró el terrícola, y asintió agradecido—, sí…
El resto de la congregación se les acercó.
—Ah, no se detengan —dijo de pronto el hombre, volviéndose brevemente hacia ellos—. Sus historias me entretienen —añadió, y posó los ojos de nuevo en la distante Tierra.
—Usted puede participar.
—¡Tenemos tiempo!
El desconocido inspiró profundamente.
—Soy uno de los «virtuales inmortales» que mencionó el joven… Ya saben: inmune a las enfermedades, los tóxicos y el envejecimiento. Muestras de mis tejidos están repartidos por bancos de toda la Tierra, y mi conciencia, subida en tiempo real a la nube… hasta que partí. A diferencia de ustedes, yo vine a este planeta a morir.
»Ya he vivido todo lo que podía vivir, hecho todo lo que podía hacer, más veces de las que puedo contar. Ya no tenemos nada por descubrir, nada por inventar. Abolimos el concepto de edad; de todas formas, siento que ya viví muchas vidas, muchísimas. Más aún: ya no existe el tiempo en la Tierra. Si acaso, lo hemos reducido a su dimensión puramente física: el movimiento de partículas. El tiempo, igual que el calor, en sentido estricto es movimiento de partículas. Calor y tiempo son dos aspectos de lo mismo; y en el fondo, son lo mismo.
»Sin embargo, todavía hay algo en la Tierra que permanece en penumbras: el misterio de la muerte. Sabemos que hay algo, que no terminamos de comprender; no piensen que soy un nihilista. Ni que estoy hastiado. —Casi emitió una risilla—. Mírenme; hablando de la muerte, exhumo palabras: «hastiado», «nihilista»… —Hizo una pausa que cerró con una sonrisa sardónica—. Y aquí espero por conocer ese misterio, sin dormir, como un «exhumano»…
El oftactiano se inquietó.
—Me parece que ya viene.
—Ah —se lamentó el exinmortal—, así que mi historia fue la última…
Todos miraron en derredor, expectantes y pavorosos a partes iguales. Entonces el lejano resplandor fue tragado por un impresionante fulgor blanco, al tiempo que el suelo temblaba con creciente violencia, al punto que se abrieron grietas en él, en las que cayó todo aquello que tuviera altura. Por fin la onda expansiva generada por el impacto del asteroide los había alcanzado. La descomunal energía cinética transmitida por el desafortunado cuerpo errante arrancó de cuajo la corteza del planeta, mientras que una parte de ella, convertida en calor, vaporizaba todo lo orgánico en un instante.
Así, poco después, el último exhumano, reducido a una partícula de polvo cósmico, flotaba a la deriva en el inconmensurable vacío.