Estrella López
La estrella atraviesa la noche despacio, en línea recta. La negrura en derredor es inofensiva, plagada como lo está de reflejos inciertos, de opacidades, de simulacros de color. Faroles y letreros salpican en los vidrios polarizados destellos borrosos y turbios. El cielo invisible está vacío. El motor arrulla al mudo ensimismamiento con largos zumbidos. Llegando a destino, no obstante, se despierta el murmullo ahogado de una multitud de voces alegres; de la oscuridad externa brota una constelación de lucecitas bailarinas, rectangulares, de todos colores, y de rostros emocionados, expectantes, risueños. Pero son luces y destellos engañosamente débiles y lejanos, como si todo estuviera sumergido en el agua y para verlo mejor hubiera que zambullirse. ¿Y no es eso lo que están a punto de hacer? El chofer detiene la nave; del asiento del copiloto baja con cierta dificultad el corpachón del guardaespaldas, la típica mole de huesos pesados y contundentes que no brinda seguridad por su fuerza, sino por su sola constitución física. Un objeto inamovible envuelto en un frac.
La estrella sigue con mirada ausente aquel cuerpo pícnico y elegante que pasa por delante del parabrisas y de la ventanilla del chofer. Qué cosas no puede lograr un buen sastre. El hombre le abre la puerta y en ningún momento la mira; su único deber es eclipsarla; acaso así la hace destacar aún más. Ahora la estrella tiene frente a sí a la vida con sus verdaderos colores nocturnos, vida cuyos latidos vibran bajo la piel y que carga de electricidad la atmósfera. Y esa vida reclama por ella; no la puede esperar un segundo más. La estrella pone un pie en la vereda y se lanza con ímpetu hacia esa vida; se zambulle, sale a esa vida…
Y se apea con un estallido de voces y de flashes; las lucecitas danzan vertiginosamente a su alrededor; cientos de brazos anhelantes se extienden hacia ella hasta lo imposible; se agitan frenéticas las manos, los colores chillones de las letras, las vinchas, las pulseras; alaridos ensordecedores salen disparados aquí y allá; inadvertidos, los faroles y letreros luminosos ahora tienden un brillo sobre esa vida en cuyo seno tan extáticamente la acoge, dibujando formas, colores, siluetas; en fin, haciendo evidente el espacio y la materia… ¿No es un poco así como nacen las estrellas de aquel cielo vacío? ¡Es Estrella, Estrella López! Estrella les devuelve el brillo de su sonrisa perlada, y nadie puede decir si la luz de su sonrisa, de sus ademanes, de su aspecto, es un reflejo de la luz de ese universo, o si, por el contrario, es una luz propia que ella prodiga para fascinado regocijo de aquellos seres que la veneran.
Y todo esto dura el tiempo que le lleva a uno apearse de un coche, dar cinco o seis pasos y meterse en el hotel. El guardaespaldas obtura la entrada cual enorme roca rodante.
Dentro del hotel reina una augusta serenidad. La tenue iluminación da un lustre mate a las paredes. Dos individuos de traje la guían por el lujoso vestíbulo, servilmente desierto de curiosos; otros empleados orbitan afanosamente en torno a aquellos tres cuerpos. La alfombra es una larga nube rojiza; esencias de lo más exóticas y sutiles impregnan el aire, flotando entre los ecos de las distantes voces de sujetos atareados y del menguante éxtasis exterior. Las paredes espejadas del ascensor multiplican a Estrella y a sus escoltas. El movimiento ascendente se siente como una tranquila levitación.
Un botones espera delante de las puertas de la suite. El carácter normal de su noche se disipa por la aparición de Estrella. Sus ojos ya han visto pasar estrellas en el pasado, pero eso no le impide impresionarse sobremanera. Los inexpresivos portadores de traje la dejan en sus manos.
El hombre, enjuto, inmune a la elegancia que transmite el uniforme, abre las puertas de par en par. La cuerina de los guantes se le empapa del lado de adentro; la garganta se le seca. Se le corta el aliento. Da unos pasos, hace ademanes mecánicos, medio de memoria, y dice cosas que él mismo no oye. Algo invisible lo lleva de vuelta al vano de la puerta. Y ahí se queda plantado, extasiado como la multitud afuera, sólo que mudo. Tampoco trae un cartel. Estrella duda de si tiene que darle una propina. No trae dinero, pero no se anima a decírselo. Afortunadamente para ambos, no es eso; la propina alguien se la va a dar, sin duda. Quizás los anónimos de traje. Y si no le dan nada, no importa. Finalmente, el botones reúne valor y le dice que está espléndida. Sólo eso, pero la vibración en la voz, el acento devoto, la mirada llameante y el semblante conmovido dicen más que las palabras que aletean en el exiguo espacio entre ambos. Estrella le obsequia una sonrisa, quién sabe si sentida o condescendiente, si premio a su osadía o pábulo a sus fantasías. Le pasa por la cabeza un verso de su colega: «Todo en la vida se paga, pero nunca con dinero». Un proverbio refrito de los que allá abajo se cantan como verdades de iluminado.
Se cierran las puertas. Estrella camina lentamente; echa los brazos hacia atrás y por ellos resbala como una caricia el abriguito de piel. Intercala un canturreo de una canción de moda con su tarareo. Se coloca delante del enorme espejo con pie en el que media suite se mira. Se acomoda el pelo. Se contempla: los ojos de avellana, las sedeñas y espesas ondas que aflojan las ataduras de su femenina animalidad, el provocativo rojo pardusco de sus labios, las formas de su silueta, alta y carnosa. Imponente, en una palabra, pero con una sola nos quedamos cortos. El botones acaba de decir otra: «espléndida». Estrella se regodea en su reflejo; no puede apartar los ojos de él, lo recorre de arriba abajo. ¿Se fijaron?, siempre las eligen altas. Una enana puede estar «espléndida», pero nunca ser «imponente». Alguna vez se le ocurrió eso, no hace tanto, antes de volverse espléndida e imponente, cuando salía a comprar pan y las enanas del barrio la miraban con envidia. Ahora todos la miran distinto, con devoción y amor. Y hasta el botones más feo, al que ni el uniforme puede revestir de galanura, la devora con los ojos. Ahora es distinto: ella es alta y altiva, orgullosa e imponente. Y por eso ella ya ni piensa en las enanas ni en el barrio: sólo vive para su carrera.
Abre la cremallera de su vestido. El color crema se desprende muellemente, descubriendo una superficie todavía más tersa y delicada que la tela. Sí, esta también es otra piel. ¿Dónde quedaron los insolentes barros, el sarpullido de los brazos, las manchitas en lugares secretos? En el olvido. En pocos meses mudó enteramente de piel. Y qué decir de todo lo que la piel envuelve: los brazos bien torneados, por ejemplo, ya no conocen la flacidez. Y las nalgas que, frente al espejo en su casa del barrio, hacía temblequear como gelatina… es como si nunca le hubieran pertenecido; Estrella tiene los glúteos orgullosamente firmes. Tiene las piernas tonificadas y los pechos turgentes. Y ni rastro hay de los rollitos que apenas curvaban su vientre; si alguna vez existieron, los aplanaron de forma tal que se puede comprobar con un nivel.
Estrella se reencuentra a sí misma en el espejo del espacioso baño. Un ojo, el otro, el bozo, las raíces, las puntas, las cejas. Tararea un poco más. Imposible no quedarse mirando ese rostro, ni el cuerpo que se extiende debajo de él. Cuántas sesiones llevó tallar ese diamante, esculpir esa escultura, moldear ese trozo de arcilla, y, sin embargo, al mismo tiempo parece que fue de la noche a la mañana —como por arte de magia— que se logró esa imagen. Todo en el último tiempo pasó vertiginosamente, al punto de que no puede recordar lo que hizo. Las interminables sesiones de entrenamiento, las clases de canto y de respiración, las entrevistas con la exigente nutricionista, las visitas a la dentista, al podólogo, a la dermatóloga, y las ahora frecuentes citas con el coiffeur, la maquilladora, la masajista, los fotógrafos, el coach… Y, apuntalando tan compleja metamorfosis, los psicólogos y entusiastas de la superación y el éxito. Y ese fue solamente el comienzo, porque «todo en la vida se paga», y la fama no es una excepción, querida. Las entrevistas y las sesiones de ensayo y grabación no se arreglan con buena voluntad. Ellos hicieron de la Estrella López del barrio la Estrella López de la gente, una misma y dos distintas a la vez.
Un chorro de agua sale del grifo con un borboteo monótono. Estrella esparce generosamente sales de baño en el agua antes de devolverle al baño el silencio y a la bañera la quietud. Inspira profundamente, como le enseñaron en clase, el aire saturado de fragancia. Termina de desvestirse y mete un pie en el agua. ¿Alguien ajustó la temperatura del agua de antemano? Porque más perfecta no podría estar. Se siente como si el agua y su cuerpo fueran dos formas de la misma cosa, o como si ella misma se fundiera con el agua al entrar en ella. Se acomoda con placer en eso que es ella misma. Las gotas que salpicaron y se aferran a la cerámica de la bañera caen una a una; se unen unas con otras y caen más rápido al apacible lago. Se sumerge hasta el cuello.
Cierra los ojos. Un círculo gris o morado se forma en un fondo naranja, luego ambos cambian de color: el círculo pasa de gris-morado a amarillo y viceversa, y el fondo, de naranja a verde y luego a amarillo también, y de vuelta a naranja. Juegos que la luz de la bombilla practica en sus párpados.
Flexiona un poco las piernas; su cabeza desciende lentamente. El murmullo del agua entrando en sus oídos le hace cosquillas. La luz ya no juega en los párpados, ¿o alguien la apagó? Abre los ojos y ve una mancha clara, brillante y difusa arriba, en la superficie. No, no la apagaron. Pero ¿eso es normal? La oscuridad, digo, que se extiende como un cerco en torno a la mancha. Las moléculas de agua enturbiadas por las sales en ella disueltas y las burbujas que flotan cual islotes en la superficie le quitan la forma y el color a lo que sea que haya fuera de la bañera, si es que hay algo. Bastará con sacar la cabeza del agua y comprobar de qué se trata. Sin embargo, Estrella no lo hace. No puede, como tampoco puede cerrar los ojos.
No siente las piernas, o no está segura de poderlas sentir; le parece que están flexionadas, aunque al mismo tiempo tiene la sensación de que están extendidas. ¿Será un sueño? ¿Se habrá paralizado bajo el agua? Ni siquiera eso puede imaginarse o preguntarse. El entorno se entenebrece: la oscuridad se inclina hacia ella, se cierne sobre ella, y al hacerlo eclipsa la bombilla del baño. No se asusta de haberse desconectado de sus sentidos, y deja que éstos sean reemplazados por vagas suposiciones de su conciencia, por pensamientos o ideas que parecen ajenas. Supone que el agua chorrea por su piel y cae en la bañera vacía; que sigue en posición horizontal, sólo que fuera del agua. Que salió de entre las aguas y ahora brilla bajo la luz. No, que ellos la sacaron; ellos la rodearon y la levantaron. Ellos la sacaron del fondo de las aguas turbias. Detrás del barrio pasa un arroyo maloliente. El verano pasado, su hermanito se metió al arroyo para refrescarse, y al día siguiente sus piernas y brazos estaban llenos de horribles llagas y erupciones. Estrella vomitó y lloró detrás de la casa la tarde que lo vio. Pero todo eso ha quedado tan lejos… Hoy, su hermanito es un joven sano, si hasta quiere ser como ella: cada noche pulsa el teclado y canta. Y eso es gracias a ella, a que pagó por ello. Hay un contrato firmado; por lo tanto, hay que pagar. Con una gota de sangre firmó el contrato, con una gota de sangre curó las llagas de su hermano, con otra se enderezó dos dientes chuecos, con otra quitó el sarpullido a su piel y la hizo de terciopelo… Aunque con sangre no se paga más que una parte de la deuda. Lo más importante es intangible, invisible como las cláusulas del contrato.
Ahí están ellos, aún en torno a su cuerpo desnudo, no se sabe si flotando o tendido en una superficie intangible. Antorchas lejanas arrojan rojizas lumbraradas en la fría oscuridad, y en las que apenas logran recortarse las siluetas de ellos. Nada se distingue bajo las negras capuchas; bien podría no haber nadie físico allí. Uno de ellos se acerca ceremoniosamente con un objeto alargado, puntiagudo, asomando de la manga de la túnica. Aquel cuerpo yaciente está tenso; el sudor empapa su frente, sus cabellos, sus sienes que laten. Escalofríos violentos recorren su espalda, sus vellos se erizan, sus venas empujan la piel. Algo indefinible y espantoso flota en el ambiente, algo amenazante, insidioso, pavoroso. Voces profundas, como salidas de bajo la tierra, entonan cánticos en el lenguaje de los constructores de la torre de Babel. La punta del objeto destella con malignidad. Los perlados dientes rechinan, las aletas de la nariz se contraen y se dilatan convulsivamente. Una voz femenina se oye de pronto entre los cánticos. «¡Estrella! ¡Estre, preciosa!» ¿De dónde viene esa voz?
«¿Mamá, sos vos? ¡No, no! ¡No veas, mamá, no…!»
Saca la cabeza del agua bruscamente. Vuelan gruesas gotas de agua, se agita la olorosa espuma.
—Estre, acá estás —dice la voz desde el vano de la puerta.
—¡Jean-Pierre!
—Perdón, no quise asustarte —dice él con su voz afeminada, a la que da siempre un tono cantarín—. Pero llamé y no res-pon-dí-as, así que entré. Por cierto, deberías cerrar con-lla-ve…
Estrella mira con los ojos desorbitados su pantalón y chaleco negros, su camisa azul Francia, su cabello teñido de un rubio solar.
—Vine a traerte el vestido para es-ta-no-che. Pero tranquila, te lo probás después. Yo ahora me-voy, que tengo que grabar con Paul el pro-gra-ma… —y la mira significativamente.
A Estrella se le pone la mente en blanco.
—¿Programa? —balbuce, recuperando el ánimo.
—Sí, «La jaula de los famosos», ¿no te acordás? Amo ese programa; vivo para ese programa… Lo vas a ver, ¿verdad?
Una sonrisa sincera se dibuja en el rostro de la joven.
—Claro que sí, Jean-Pierre. Nunca me lo pierdo.
—Bueno, me-voy. Dejé el vestido sobre la-ca-ma.
Jean-Pierre le lanza un beso con una pose harto afectada y se aleja contoneándose. Un ojo suyo la espía antes de que se cierre la puerta de la suite. Estrella sale de la bañera sin demora y echa mano de la toalla. Frente al espejo seca su cara y frota su pelo: es la misma de siempre. Se muere por probarse el vestido, como Jean-Pierre se muere por recibir las usuales alabanzas por su trabajo. No siente más que el roce de la toalla sobre su piel y el aroma de las sales de baño. No recuerda el barrio ni el arroyo que corre detrás, ni su contrato ni el infinito dolor de su cuerpo. Y, por lo tanto, mientras recoge el vestido, saboreándolo con ávidos ojos, podría canturrear otro verso de un colega: «Si la mente no recuerda, el corazón no sufre». Otro proverbio refrito.