Visiones de una ciudad más allá

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En la escalera

Esta mañana, como cada mañana, mi vecino salió del 3º B, vestido como cada mañana de camisa clara y jean, y con el pelo arreglado con la más económica dedicación. El brusco tintineo de las llaves llegó hasta el vestíbulo, y hasta la calle el choque de la puerta con el marco y el zarandeo de las entrañas del cerrojo. Mi vecino dio cuatro pasos, pasando por delante de la escalera, y oprimió el botón plateado. Ya en estas alturas la impaciencia y la pereza se disputan al individuo: se llega rápido a la puerta por las escaleras, pero requiere mucha menos energía esperar el ascensor y dejarse transportar por él. Para mi vecino nunca hubo disputa: la pereza se apoya pesadamente en la costumbre, y allí descansa. No obstante, al clic del botón no le siguió el súbito espasmo del ascensor, como el de alguien a quien despiertan en el trabajo, y cuyo eco mecánico se ahonda y se amplifica en el hueco que va del subsuelo al séptimo piso. No, ni una sola pieza del alargado mecanismo del ascensor se movió. Mi vecino frunció el ceño. No es raro que el ascensor del viejo edificio falle: que si una baja de tensión trabó el mecanismo, que si la portezuela plegable de algún piso quedó mal cerrada… Era mucho más inconveniente que raro; mi vecino resolló y se dispuso a bajar por la escalera.

Entre un piso y el siguiente hay un único tramo de escalera en forma de U, más bien estrecho, de quince peldaños. Las huellas de los escalones son cortas, trapezoidales; del lado del eje en torno al cual se enroscan apenas se puede apoyar la punta del pie. El mármol negro siempre reluce bajo la luz que echan los ventanucos de cada piso, en el espacio que da acceso a los departamentos, al ascensor y a la escalera. No hay pasamanos del lado de la pared, lo que a veces deja marcas grasientas en forma de puntos y rayas, como mensajes de mugre en buen Morse. Esa era la escalera que mi vecino tenía que bajar: cuarenta y cinco escalones, con dos escalas antes de su destino.

Una suela de goma percutió sordamente el mármol, y la otra tras un breve lapso; los recaudos de mi vecino estribaban en la segura lentitud de su descenso, no en la solidez del pasamanos a la derecha. El ventanuco del tercer piso estaba apenas abierto; a su través se estrechaban la brisa de la avenida y los zumbidos de los vehículos que la recorrían. Seis, siete… ocho espaciados golpes sordos en el mármol, seguidos de un mesurado resuello. Y un echarse atrás de su cabeza. ¿Eh? A centímetros de su cabeza, sujeta al borde de la losa del tercer piso, pendía una gigantesca telaraña, como un trozo de gasa o de tul que alguien hubiera colgado ahí arriba, empapada de penumbra. Y en el centro, no se sabe si posada en la sedosa tela o flotando delante de ella, una espantosa araña negra. Mi vecino, más que asustarse por el aspecto y el tamaño de tan terrible criatura, se sorprendió de su presencia. ¿Es que puede una araña tan grande ser real? Aunque, a decir verdad, y de forma no menos enigmática, su tamaño tenía algo de indefinido: parecía tan grande como su cabeza y, al mismo tiempo, si cabe la expresión, no lo parecía más que su puño. ¿Sería un efecto de la luz, cuyas partículas se dispersan en huecos y túbulos arquitectónicos, perdiendo fuerza, dejando que los objetos se deformen? No, me inclino a creer que se trataba más bien de una alteración en la percepción del cuadro por parte de mi vecino. Por lo pronto, éste se pegó a la pared y prosiguió su descenso. «¡Qué espanto de araña! ¿Siempre estuvo ahí? Hay que decirle a la encargada que pase un plumero; no puede ser tan difícil…», pensó, pretendiendo, no obstante, apartar la escena de su mente lo más rápido posible.

Otras arañas más pequeñas se lo impidieron, correteando desde el amarillo anémico de la pared hasta ocultarse en el gris amarillento del final de ese tramo de escalera. El segundo piso estaba ciertamente a oscuras, cosa que se podía explicar —y mi vecino así lo pensó— por alguna interferencia de las nubes en el brillo del sol aunada a la inactividad de las bombillas del pasillo. (Fenómeno que, por lo demás, ocurre todas las tardes, en el intervalo que se extiende entre que el sol se precipita tras de los edificios y que se encienden las luces de los pasillos.) Mi vecino enlenteció el paso, apenas despegando los pies de los escalones, confiando su antebrazo al pasamanos, con los ojos clavados en la diáfana mancha en que se habían convertido las baldosas del segundo piso. Y, mientras lo hacía, el ruido de la avenida se intensificó en sus oídos, con ese frenesí más propio de las tardes, que explota repetidas veces en improperios y en bocinazos; voces extrañas se pusieron a hablar (¿habrían encendido la televisión en los otros departamentos?), y el perro de los del 2° A a ladrar, como cada vez que percibía una presencia en el pasillo o la escalera. Mi vecino casi vio delante de sí al perro, flaco, blanco, vivaracho, con manchas marrones en el lomo y en una oreja. Siempre le decían de qué raza era, y cada vez se volvía a olvidar. La afluencia de tan repentina marea de ruidos se le antojó insoportable, e incluso le dio un leve mareo. Por suerte logró hacer pie en el segundo piso. Entre jirones de oscuridad, distinguió la lucecita roja del interruptor. Y no por presionarla se volvió todo más claro ante sus ojos, ni mucho menos se acallaron las voces y el ruido.

Mi vecino se acercó al ventanuco, que estaba cerrado, y miró o, mejor dicho, intentó mirar a través de una capa de polvillo pardusco. Acto seguido, reaccionó al fin de la manera más común y espontánea: metió la mano en el bolsillo del pantalón y asió su celular. No obstante, no logró extraerlo; algo parecía retenerlo, como el agujero de un bolsillo roto hace con las llaves. Con un tirón de su mano, mi vecino sacó el celular, sólo que envuelto en gruesos hilos de seda, que se prolongaban en el interior del bolsillo. «Pero ¿qué es esto?», alcanzó a preguntarse. Mientras tanto, la caótica orquesta de ruidos se había suavizado, o había cesado, dejando múltiples ecos reverberando por todos los pisos. Mi vecino frunció el ceño, guardó el celular y prosiguió su descenso.

Con extremo cuidado, pues la escalera que llevaba al primer piso estaba sumida en la misma penumbra que la del segundo, con los ojos bien abiertos, tanteando los peldaños con los pies antes de apoyarlos, dio seis, siete… ocho pasos pesados. A la vuelta de la U, el resplandor que resultaba del ascenso de la luz de la siempre luminosa plata baja infundía una palidez turbia a los últimos escalones. Se arriesgó a mirar arriba, comprobar si no había algo más en los rincones. Algo más confiado, puso los pies en el primer piso. Un picor surgió en un costado de su cabeza. Se llevó sin ver un dedo a la oreja y, al pretender aliviar el picor con un masaje, notó que tenía un bulto en el oído, como un tapón. Con el meñique lo desalojó, y lo examinó frente al resplandor de marras, al que se agregaba el del ventanuco de ese piso. Un manojo de inconfundibles hilos de seda fue lo que descubrió, largos, nacarados, colgando de su dedo; una partícula de luz se deslizó a lo largo de uno de ellos. Pasó la otra mano por la otra oreja, y lo mismo resultó. Entornó los ojos y los clavó en los hilos; ¿cómo podían ser reales? Ahora el asunto se le antojó serio. Frotó las yemas de sus dedos, pero los hilos no se desprendieron; ni tampoco lo hicieron cuando él restregó sus palmas, ni cuando agitó las manos en el aire, ni cuando las pasó por su ropa, por la pared, por la baranda, ni siquiera cuando empezó a romperlos… Todo lo contrario, de hecho: los hilos no dejaban de alargarse, de multiplicarse, de trenzarse, de enroscarse ni de anudarse alrededor de sus manos. «Esto no puede ser», pensó, enojado por lo incomprensible de la situación. Apretó los puños y masculló para sí: «Le voy a decir a la portera ya mismo que haga algo».

Sí, eso dijo: «portera», porque, al menos acá, en Buenos Aires, los encargados de edificio se ofenden si la gente los llama «porteros». O, en realidad, eso quiso decir mi vecino, que de su boca salieron sonidos inarticulados, palabras pronunciadas con lengua de trapo. Esa lengua retorció dentro de su boca, y luego la sacó, y con ella salió una bola grisácea e insípida. La bola se desmadejó por completo al caer, cual ovillo de lana, y rozó el suelo con su extremo. Los ojos de mi vecino se quedaron fijos un momento en el extremo húmedo y bamboleante del hilo; acto seguido, se dirigió al siguiente tramo de escalera queriendo gritar «¡Encargada!», mas esta vez ni siquiera fue capaz de abrir la boca, como si la hubiera tenido sellada con pegamento.

Además, para colmo de males, al mirar abajo, advirtió que los hilos ya rodeaban sus tobillos. Inútil tratar de apartarlos con la mano o sacudiendo los pies; sólo lograría multiplicar los hilos. Y, aunque no pretendiera removerlos, todavía se multiplicarían, como de hecho lo hicieron. Procurando no tropezar mi vecino bajó algunos escalones más, obstinado en no dejarse detener.

Por desgracia, los diabólicos hilos, no contentos con sujetarlo lentamente, se extendieron y engrosaron en todas direcciones, recorriendo las paredes, saltando de una a la otra, prendiéndose del cielorraso, bajando los peldaños, tomándose del pasamanos, entrecruzándose, urdiendo la red. Mi vecino temió que los hilos lo envolvieran por completo, inmovilizándolo como a un insecto en una telaraña. No le pareció que tal cosa le fuera a suceder, pero no era menos terrible tener delante aquella red que le cerraba le paso, a él, que todo lo que quería hacer era bajar como cada mañana, para como cada mañana salir a la calle a atender sus asuntos. Se aproximó lo más que pudo al entramado tupido y denso, casi echándose sobre él, y entrevió a su través un pescado en su red: un ser bidimensional, arrastrado fuera de su medio natural para provecho de seres para él incomprensibles, y ese pescado era él… Y luego dejó de ver, que hasta en los ojos tenía kilométricos hilos de seda…

El alongado vestíbulo estaba lleno de la luz de la mañana, y con lo pulcro y limpio que estaba, transmitía una sensación de orgullosa paz a la que de costumbre se oponen los ladridos del perro del 2° A, la música y la televisión a volumen alto y las disputas de la pareja del 1° B, por no hablar de los ronquidos de la avenida y el hollín posado en los colores de la ciudad, al otro lado de la puerta acristalada. La puerta estaba abierta de par en par; la encargada observaba la calle desde el umbral. La mujer del 1° A se le acercó atravesando el vestíbulo:

—¿Se cortó la luz en la cuadra también, o sólo en el edificio? —le preguntó.

Y antes de que la encargada atinara a responder, el ruido de un cuerpo cayendo pesadamente por los últimos seis, siete, ocho peldaños y dando en el piso las hizo volverse.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó la encargada.

La mujer del 1° A se acercó al vecino más curiosa que aterrada. Contempló su rostro desfigurado y su pecho inmóvil un instante.

—No entiendo. ¿Está muerto?

Llamaron a la policía.


Hace momentos terminamos de velar a mi vecino. Salvo por un tipo que afirmó ser un socio, vi sólo caras conocidas. El hermano del difunto, en absoluto un imbécil, tomó posesión de los hombros y los brazos de la viuda. Luego le ofreció generosamente —ustedes me entienden— llevarla a su casa hasta que se sintiera mejor. La encargada estuvo un rato, charló con nosotros, le echó un vistazo al difunto y se fue. Esperé que se presentaran esos muchachos de la cuadra con los que mi vecino siempre conversaba en vida; entonces me sacudí la ingenuidad de encima y me di cuenta de que no tenía nada de sorprendente su ausencia.

Y el difunto… de alguna forma tenía el rostro increíblemente sereno, con esa vaga inexpresividad que da la paz más absoluta y sublime, impropia de este mundo. Eso, sin embargo, no me impidió compadecerme de él. Qué triste debe ser darse cuenta de pronto de que uno es incapaz de ver, de oír, de hablar, de pensar, y que lo único que pueda hacer sea desplomarse escaleras abajo, derecho al cajón. ¿No es este un pensamiento inquietante, incluso terrible?