Visiones de una ciudad más allá

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Del diario de un soñador

Por lo demás, la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.

Borges

Querido diario:

Hace tanto que no escribo, mucho menos un diario, pero hoy hay un motivo para hacerlo. Con mano trémula, presurosa, trataré de plasmar una fuerte impresión que he recibido. Porque acabo de tener un sueño, el cual me urge describir pese a esta espantosa caligrafía. Si alguien quisiera transcribir estas palabras, o si un yo del futuro se las encontrara, le tomaría trabajo descifrarlas. Pero vayamos al grano, que no quisiera distraerme del tópico que nos atañe, y por el que he retomado la escritura de un diario.

Describiré aquel inexplicable sueño en despecho de un inconveniente que sospecho usual, a saber: su sigilosa fuga, su evaporación en el mundo de la vigilia. He pasado unos minutos en la cama tratando de retener el sueño completo en mi memoria. Como triste conclusión, diré que mis esfuerzos han sido inútiles: muchos detalles, en cuanto les quité la vista de encima, se han esfumado irremediablemente. Me ha quedado una sola cosa del sueño que puedo recordar con exactitud, y tal vez es mejor que así sea, que esa sola cosa quizás vale más que todo el resto del sueño, y es la responsable de la «fuerte impresión» que ya mencioné. Pero eso lo contaré en su momento.

Soñé que era 32 de octubre, fecha confirmada por el almanaque en la pared, y a lo que nada raro le veía. Después de todo, nuestro calendario es en el fondo una convención. Me vi en una gran sala que daba a un patio; desde allí entraba un aluvión de luz. Creo recordar una mesa y dos o tres sillas. Al inclinarme sobre la mesa, recogí una tarjeta como las de cumpleaños, con una frase impresa con letras doradas… y que ha escapado de mi memoria, pero sé que, si algún día la vuelvo a encontrar, la reconoceré al instante. ¿No has tenido esa sensación alguna vez? Acompañaba la frase un dibujo de dos sapos posados sobre sendos nenúfares, describiendo un gesto que veo borroso. Hubo algo más en el sueño antes de que me sorprendieran las notas de un piano (primero inciertas, luego más seguras, más nítidas) flotando desde una habitación contigua. La melodía era agradable, tranquila; los minúsculos errores y los casi imperceptibles destiempos entre notas delataban una técnica a medio pulir en quien tocaba. Y ¡cosa rara!, me pareció que la música traía codificada en sí la imagen de quien la ejecutaba, o será que ésta entró a la sala: una beldad de cabello negro, ojos rasgados y una palidez porcelanesca. Su vestimenta tenía algo azul, y traía una tímida sonrisa en su rostro sereno. Mientras tanto, las notas seguían llegando, y una sensación cálida me inundaba.

¡Sí, eso es de lo que el arte tiene que ocuparse, de la belleza!

Si la chica y yo estábamos enamorados, eso no lo puedo asegurar. Me hubiera gustado oler su perfume y probar el sabor de sus labios, pero ¿por qué será que perdemos el olfato y el gusto al soñar?

No sé qué es lo que ocurrió con la joven, aparte de ser reemplazada por la visión de un galpón, cuyo suelo estaba cubierto de un líquido coloreado. Un hombre grueso, semidesnudo, con una sandía bajo el brazo, pasó resbalando sobre el fluido extraño… ¿Y qué más? No lo sé…

También penetré en un estudio vacío y silente, lleno de penumbras colgadas del cielo raso y agazapadas en los rincones. Un velador apenas iluminaba el escritorio sobre el que se posaba, una silla antigua y una voluminosa biblioteca. Me puse detrás de la silla; algunos papeles aparecieron junto al velador. Abrí el cajón superior del escritorio y, debajo de varios objetos pesados, descubrí un cuaderno de tapa celeste. ¡Qué sorpresa al desenterrarlo de allí, de sacarlo a la luz! ¡Y qué alivio y alegría de reconocerlo como aquel diario que tuve hace un tiempo, ese que yo creía perdido! En mi fuero interno seguía convencido de que lo había perdido durante la parte de mi vida que transcurre en estado de vigilia. ¡Y ahora lo tenía frente a los ojos! Tantos recuerdos sepultados bajo gruesas capas de olvido, tantos secretos confiados ingenuamente al papel. ¿Recuerdas cómo describí los entresijos de mi relación con mi familia, mis vivencias en las calles del viejo barrio, mi último año de escuela? Solía anotar cosas en las que no podía pensar siquiera sin que las mejillas «se me enciendan como brasas», como escribí una vez… Y por haber redescubierto tu valor es que te he llamado «querido» por primera vez. Porque ahora te considero como parte y continuación del viejo diario recuperado, por más que esté escribiendo esta entrada en una hoja suelta de mi escritorio. Sin embargo, al hojear el cuaderno, me sentí extrañado, como si no lo hubiera escrito yo, sino un yo ajeno, pasado, que ya no existe. Me pasó incluso al hallar entre sus hojas la carta de amor para aquella compañera, ¿recuerdas?, la de anteojos gruesos; carta que ella… me devolvió. Pero, ¿realmente la amé? No, sólo quise creer que lo hacía, forzando su presencia en mis pensamientos, en mis fantasías juveniles, en teatrales fárragos cuya mendacidad quise hacer pasar por poesía. De todas formas, ¿habré aprendido desde entonces qué es el amor? Pero aquí me estoy desviando del tema…

Me entretuve repasando algunas entradas más del diario y, entre la última página y la contratapa, descubrí un papel doblado meticulosamente a la mitad, algo típico de mí. Desplegué la hoja y me puse a leer, sorteando algunas tachaduras y enmiendas; claramente era una anotación tomada a las apuradas. Y ¡qué cosa!, recuerdo a la perfección lo que decía, como si lo estuviera imaginando ahora mismo, como si lo estuviera soñando de nuevo. Decía:

«Querido diario:

»Hace tanto que no escribo, mucho menos un diario, pero hoy hay un motivo para hacerlo…»